El testamento ológrafo: fundamentos, pervivencia y continuidad.

El testamento ológrafo, hoy día, no goza del mismo reconocimiento ni valoración jurídica que el otorgado de forma notarial. Aún siendo esta primera, además de económica y sencilla la que está más a mano para el testador.
Se ha podido constatar que dicho acto jurídico es un “desconocido social”, exceptuando a profesionales, expertos y estudiantes del ámbito del Derecho. De hecho, llaman la atención los calificativos otorgados por dichos profesionales, que en su mayoría han coincidido al referirse al testamento ológrafo como una rareza, algo residual, un testamento extraño y especialmente problemático.

No obstante, resulta curioso que a su vez, se siga encontrando utilidad en determinadas circunstancias, aunque a mucha distancia respecto a la seguridad jurídica y rigor que se otorga al enaltecido testamento notarial.

El testamento ológrafo es legal y existe. Y aunque es cierto que puede tener resultados desastrosos por la posibilidad de destruirse o falsificarse, entre otras desventajas, no podemos pasar por alto, ni obviar las numerosas sentencias dedicadas al mismo, que evidencian que de ser válido, desplegaría toda su eficacia al igual que ocurre con resto de testamentos.

Quizá todo lo expresado anteriormente nos lleve a la conclusión de que en la actualidad, la promoción de dicha figura no conviene profesionalmente. Hoy en día, puede comprobarse que la publicidad sobre el testamento notarial es masiva, enfatizando que por cuarenta euros se asegura la voluntad del testador y no se corren riesgos. La consecuencia de enfatizar esta figura, va sin duda, en detrimento del testamento ológrafo.

Una forma más novedosa, que lleva igualmente trabajo a la notaría, es la posibilidad de otorgar testamento online, cualquier persona desde su casa y con un ordenador, será asesorado por un abogado que le ayudará y supervisará la redacción de su testamento, incluyendo también en el precio, asesoramiento notarial posterior.

Finalmente y desde mi punto de vista, debemos dar al testamento ológrafo el prestigio que merece. En la antigüedad gozó de gran utilidad, ya que quiénes recurrían a él, de no haber existido esta figura, ni por asomo habrían dejado plasmadas sus últimas voluntades, pues era improbable que tuviesen conocimientos jurídicos acerca de cómo llevar a cabo esta tarea y más aún que dispusieran de los medios económicos necesarios para hacerlo. De este modo es comprensible, que encontrasen de lo más oportuno para encomendar sus pertenencias recurrir a lápiz y papel.
A diferencia de lo que ocurre en la actualidad, no eran necesarios tantos requisitos formales para su validez, pero que debido a las exigencias de cambios socioculturales y económicos, se han vuelto más rígidos.
De ahí que la razón de ser de esta figura, esté ahora distorsionada, no correspondiéndose para nada con aquella forma de testar fácil y asequible para el testador, por todos esos requisitos que contrarrestan ahora su facilidad para redactarlo.
Es por ello, que desvirtuada esta última, sea a mi juicio lo más sensato recurrir al testamento notarial, pues por un precio bastante asequible el causante asegura la indemnidad de su voluntad final y evita a sus herederos los trámites necesarios para desentrañar la veracidad y el contenido del mismo.